Práctica 3 - Jaume Leal Esteve

 La canción de los lunes

 


«Las palabras» es una canción del uruguayo Jorge Drexler (junto con la murga Falta y Resto), con la que se concluye su último disco, Taracá (2026). En ella, el cantante reflexiona sobre el poder de las palabras, y su capacidad para perdurar más allá de la vida de quienes las dicen. 

«Las palabras»

La gente pasa, pero las palabras quedan
como una estela queda dando fe de un barco,
así la huella en el barro, evocará la rueda,
como una flecha guarda la tensión del arco.
La gente pasa, pero las palabras quedan.

La gente pasa, pero las palabras quedan.
Se ordena el cielo, cuando las palabras suenan,
y en el sonido toma forma lo que nombran.

Tarde o temprano por las malas o la buenas
del sol nos da refugio la palabra «sombra»
y pone el pecho en sombras la palabra «pena».

Se ordena el cielo cuando las palabras suenan,
  
Usemos las palabras para dar matices,
busquemos sutileza en el palabrerío,  
honremos cada letra de lo que se dice:
tiene infinitos grados la escala de grises,
como infinitos cauces la palabra río.

Usemos las palabras para dar matices.

Rozar tu piel con las dos sílabas de «seda»,
mirar mi cara reflejada en la palabra «charco»
y oír el viento en las letras de «arboleda».
Cruzar el mar a bordo de la palabra «barco».
La gente pasa, pero las palabras quedan

La gente pasa, pero las palabras quedan
como una estela queda dando fe de un barco,
así la huella en el barro, evocará la rueda,
como una flecha guarda la tensión del arco.

La gente pasa, pero las palabras quedan 
La gente pasa, pero las palabras quedan
La gente pasa, pero las palabras quedan
La gente pasa, pero las palabras quedan

 ☙

De esta reflexión metatextual (o metaliteraria) sobre la palabra podrían surgir un sinfín de referentes. Todo el canon literario es, en el fondo, una colección de palabras que han sobrevivido a sus autores y autoras; y el arte, en general, un recipiente para el yo que extiende ese yo en el tiempo.

Pero, aun cuando cualquier objeto artístico «queda» mientras la gente pasa, a mí me viene a la cabeza un referente concreto: Eusebius Sophronius Hieronymus, más conocido como San Jerónimo, a quien se le atribuye la traducción de la Biblia al latín por encargo del papa Dámaso I. Este santo constituye un motivo pictórico recurrente en el mundo del arte el escriba en su estudio, en plena elaboración de la Vulgata—, representado por un sinfín de pintores a lo largo de la historia. De entre todos ellos, rescato este cuadro de Caravaggio, con esa calavera como memento mori entre el chiaroscuro:

 

Caravaggio - San Jerónimo escribiendo (San Girolamo), 1605, óleo sobre lienzo, 112 x 157 cm, Roma: Galleria Borghese
 

«Las palabras quedan», nos dice Jorge Drexler, y eso mismo vemos en el cuadro de Caravaggio. Para bien o para mal, pocos textos hay con una prevalencia tan grande como la Biblia. El propio término «cánon», aplicado ahora a la literatura en su conjunto, proviene precisamente del ámbito religioso: se trata del conjunto de textos que la iglesia acepta y reconoce como oficiales.

 

Y, siguiendo con esa misma temática de la palabra que perdura, y uniéndola al concepto de la traducción que encontrábamos en San Jerónimo, creo oportuno traer un último referente, que tuve la suerte de ver en persona hace poco: la famosa Piedra Roseta, un fragmento de una antigua estela egipcia de granodiorita inscrita con un decreto emitido en 196 a. C. durante la dinastía ptolemaica de Egipto, en nombre del rey Ptolomeo V Epífanes.

 

 

Dejando de lado lo problemático de su localización (yo pude verla en el British Museum, en Londres, a más de 3.500 km de Egipto, donde fue originalmente tallada y posteriormente hallada), la Piedra Rosetta es especialmente interesante para la filología porque fue fundamental para descifrar los jerogríficos, al combinar la escritura jeroglífica, la demótica y el griego antiguo en un mismo texto y soporte.

Un monolito con más de dos milenios de antigüedad que todavía podemos leer hoy, un cuadro donde se representa la traducción del que es el libro más vendido de la historia, y una canción de este mismo año, que enuncia cada sílaba con intención y cuidado. Todas ellas muestras de que «las palabras quedan», se prolongan más allá de nuestro tiempo y nuestro espacio, y nos sobreviven. Como un epitafio que permanece tallado en la piedra o como un eco que no se acaba de apagar.

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