docere ex machina, o por qué la letra con software entra
Goya pinta, entre 1780 y 1785, Escena de escuela, más conocido como La letra con sangre entra. Es el siglo XVIII, y el refrán está bien asentado en el imaginario colectivo. Algunos hablarían de la necesidad del esfuerzo en el aprendizaje, de la disciplina, de la tenacidad. Pero Goya sabe que el refrán queda más cerca de lo literal que de la metáfora: en la mitad izquierda del cuadro, un maestro azota a un estudiante resignado e indefenso; en la mitad derecha, otro alumno parece haber sufrido ya esa misma suerte. Y al fondo, callados y ajenos al castigo, grupos de estudiantes modélicos leen, escriben; obedecen.
A pesar de la crudeza de la estampa, el significado original del refrán perdura en el tiempo. El castigo está justificado; es necesario para asegurar que los alumnos aprendan la lección y se nutran de las letras y el saber. Pasarán los años sin que esta lección se cuestione: pesados libros sobre unos brazos en cruz, un reglazo contra la palma o los dedos de nuestros padres.
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Otra posible interpretación del refrán, más libre y literaria, surge de enlazar metafóricamente los términos que lo componen. Letra y sangre; tinta viva del color de la pasión. Al fin y al cabo, la lengua y, especialmente, la literatura, son fenómenos profundamente humanos y pasionales, que escapan de los corsés de la razón y la estructura, y quedan atravesados por el sentir. La letra se bombea por venas y arterias hasta recorrer todo el cuerpo. El arte pasa, necesariamente, por el corazón.
Del arte, precisamente, decía Horacio aquello del docere et delectare. Instruir y deleitar. Embriagarnos de la pasión y la belleza, conmovernos con la tragedia, y de todo ello salir siendo un poco mejores. Aunque algo lejos de la concepción tradicional de la enseñanza, de esta perspectiva podemos aprender que quizás exista una alternativa a una docencia basada en la violencia y el dolor. Que es posible enseñar de otro modo.
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Junto con la célebre frase de Horacio, otra locución latina da título a esta entrada. Deus ex machina, o el dios (que baja) desde la máquina. Aunque ahora entendemos la expresión como esos mecanismos argumentales utilizados para justificar —pobremente— un giro de guion, su significado original era algo más literal: en el drama clásico, un artilugio mecánico con cuerdas y poleas se utilizaba para convertir lo divino en algo visible. Mediante una máquina, los dioses descendían del Olimpo al escenario e intercedían en la vida de los mortales.
Dioses que bajaban a la tierra como Afrodita, que, escuchando las súplicas de Pigmalión, transformaba a Galatea en una persona de carne y hueso; una estatua labrada con esmero convertida en mujer. George Bernard Shaw, muchos siglos después, retomaba el mito ovidiano para hablarnos —con un profesor que convertía a una joven de baja cuna en toda una dama— del poder transformador de la docencia en las personas.
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Aunque, por suerte, ya han quedado atrás esas prácticas que Goya denunciaba en su cuadro, las dinámicas en las aulas no son tan distintas. Desequilibrio de poder. Amenazas y castigos. Obediencia ciega. La situación de la docencia está, en cierto modo, estancada; casi tan anticuada como las locuciones latinas que vertebran esta entrada.
Nuestra propuesta metodológica, pues, es bajar a esa diosa transformadora del mito a través de la máquina. Utilizar la tecnología para instruir (y tal vez deleitar), de modo que la letra no requiera de un doloroso sacrificio para alcanzarnos. Ese es el objetivo de nuestro blog: ofrecer una serie de reflexiones e ideas para reenfocar la docencia, explorando las posibilidades que la informática ofrece en este campo. En los últimos años, el software ha avanzado exponencialmente y —aunque lejos todavía de lo divino— hoy nos brinda unas herramientas poderosísimas para aplicar a la enseñanza. Así pues, este portal, como extensión de la asignatura «Investigación, innovación y uso de las TIC en la enseñanza de lengua y literatura» pretende tender un puente entre docencia y tecnología; entre la página tangible del libro y el etéreo mundo digital.
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