Un día de escuela en 2050
Cuando mi abuelo me pregunta cómo es mi escuela, siempre termina riéndose. Dice que en su época los alumnos se sentaban en filas, miraban una pizarra y pasaban horas copiando apuntes. Yo también me río, porque me cuesta imaginarlo.
Hoy me he despertado a las siete. Mientras desayunaba, mi asistente de aprendizaje me ha mostrado un resumen de las actividades del día. No es una profesora ni una máquina que piense por mí; simplemente conoce mis avances y me ayuda a organizarme. Hace unas semanas detectó que tenía dificultades para comprender algunos conceptos de física cuántica básica y adaptó parte de mi itinerario para reforzarlos.
A las ocho he llegado al centro. Todavía lo llamamos escuela, aunque se parece poco a las fotografías antiguas. El edificio está lleno de espacios abiertos, jardines y laboratorios. Ya no existen aulas asignadas a una sola materia. Los grupos cambian constantemente según los proyectos que estemos desarrollando.
La primera sesión ha sido sobre el agua. O, al menos, así aparecía en nuestro programa. En realidad, hemos terminado hablando de climatología, historia, economía y ética. Nuestro reto consiste en diseñar soluciones para regiones afectadas por la sequía. Algunos compañeros han analizado datos obtenidos por satélites; otros han estudiado sistemas tradicionales de riego utilizados hace siglos. Yo he trabajado con una simulación inmersiva que mostraba cómo evolucionarían diferentes ecosistemas según las decisiones que tomáramos.
Después hemos tenido un encuentro con estudiantes de tres continentes distintos. Gracias a los traductores instantáneos podemos conversar con naturalidad, aunque cada uno hable su propia lengua. A veces olvido que miles de kilómetros nos separan. Mientras debatíamos sobre los resultados de nuestros proyectos, las pantallas mostraban paisajes nocturnos en unos lugares y amaneceres en otros.
Sin embargo, lo que más me gusta del día llega siempre después de comer. Es la sesión de literatura. Mucha gente pensó que las inteligencias artificiales acabarían sustituyendo la creatividad humana, pero ocurrió justo lo contrario. Cuanto más avanzó la tecnología, más importante se volvió entender qué significa ser humano. Hoy hemos leído poemas escritos hace más de cien años y hemos discutido sobre el miedo, la memoria y la esperanza. Ningún algoritmo participó en la conversación. Solo nosotros.
Antes de volver a casa, mi tutora revisó conmigo los objetivos de la semana. Aunque disponemos de herramientas capaces de resolver problemas complejos en segundos, seguimos necesitando docentes. Ellos nos enseñan algo que ninguna tecnología ha logrado replicar del todo: cómo interpretar el mundo y encontrar nuestro lugar en él.
Ahora escribo estas líneas desde mi habitación. Mañana visitaré una recreación virtual de Marte y por la tarde colaboraré con un grupo de estudiantes que estudia la recuperación de especies desaparecidas. Sé que todo esto le parecería ciencia ficción a mi abuelo.
Y, sin embargo, cuando pienso en mi día, me doy cuenta de que la escuela de 2050 no es tan diferente de la suya. Seguimos reuniéndonos para hacer preguntas, para compartir ideas y para intentar comprender un mundo que nunca deja de cambiar.
Esta versión me parece natural, cercana y atractiva para el espectador, así que decido no hacer más cambios. Considero que la IA ha enfocado los aspectos positivos de los avances tecnológicos, pero sin dejar de lado el papel del docente. Me ha hecho reflexionar sobre que, aunque la Inteligencia Artificial puede acabar con algunos puestos de trabajo, también nos ayuda a valorar que hay aspectos propios de la condición humana que jamás podrán ser sustituido por una máquina, como la empatía, la creatividad o la mirada crítica. Para observar el proceso creativo y mi reflexión final, podéis consultar este hilo que he creado en la red social Bluesky.
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