Práctica 13 - Laura Motos
PRÁCTICA 13. EDUCACIÓN EN 2050. ChatGPT
La práctica que nos ocupa hoy trata de indagar y reflexionar sobre el futuro de nuestra profesión. Al pedirle a ChatGPT que relatase cómo sería un día de una profesora de Lengua en 2050, se obtiene la siguiente respuesta:
Año 2050.
Todavía recuerdo el sonido de las campanas que anunciaban el inicio de las clases. También recuerdo las mochilas cargadas de libros, las pizarras digitales que parecían revolucionarias y las interminables contraseñas que olvidábamos cada semana.
Hoy nada de eso existe.
La puerta del Centro Global de Aprendizaje se abrió automáticamente cuando reconoció mi retina. La inteligencia artificial del edificio me saludó por mi nombre y me informó de que tres estudiantes habían modificado durante la noche sus itinerarios de aprendizaje. Ya no existen los grupos de primero o segundo. Tampoco las asignaturas tal y como las conocíamos.
Cada estudiante diseña su propio recorrido.
A las nueve de la mañana comenzó la sesión. Aunque decir "sesión" ya no es exacto. Ningún alumno estaba físicamente en el aula. Algunos se conectaban desde Madrid, otros desde Tokio, Buenos Aires o Nairobi. Los traductores neuronales convertían automáticamente cualquier intervención a la lengua elegida por cada participante.
Mi labor tampoco era la misma que la de los docentes del pasado.
La inteligencia artificial era capaz de explicar ecuaciones, corregir redacciones, generar simulaciones históricas o recrear el interior de una célula humana. Durante años se creyó que los profesores desapareceríamos.
Se equivocaron.
Cuanta más tecnología apareció, más necesaria se volvió la presencia humana.
Mi trabajo consistía en formular preguntas. Preguntas difíciles. Preguntas que ninguna máquina podía responder por completo.
—¿Qué recuerdos merece conservar una sociedad?
—¿Puede una inteligencia artificial crear arte?
—¿Hasta dónde debe llegar la modificación genética?
Aquella mañana analizábamos novelas distópicas del siglo XXI. Los estudiantes conversaban con recreaciones digitales de los autores fallecidos hacía décadas. Algunos entrevistaban a George Orwell. Otros debatían con Mary Shelley. Un grupo incluso hablaba con una versión simulada de Miguel de Cervantes.
La tecnología era impresionante.
Y, sin embargo, algo me inquietaba.
Durante el descanso observé a los estudiantes a través del panel de actividad. Todos participaban. Todos obtenían buenos resultados. Todos parecían felices.
Demasiado felices.
Entonces recordé algo que había leído años atrás: las mejores ideas suelen nacer del error, de la duda y de la incertidumbre.
Aquella tarde desconecté durante unos minutos todos los asistentes virtuales.
El silencio inundó la plataforma.
Los estudiantes protestaron al principio. Estaban acostumbrados a recibir respuestas instantáneas. Pero poco a poco comenzaron a debatir entre ellos. Se equivocaron. Discutieron. Cambiaron de opinión.
Aprendieron.
Al finalizar la jornada, la inteligencia artificial del centro me envió una advertencia por alterar el protocolo educativo.
La ignoré.
Mientras abandonaba el edificio pensé que el futuro había cambiado casi todo: las aulas, los libros, las pantallas y las formas de aprender.
Pero había algo que seguía siendo exactamente igual que en 2025.
La educación continuaba siendo el encuentro entre personas que buscan comprender el mundo.
Y ninguna tecnología había conseguido sustituir eso.
Con el fin de hacer una especificación de la asignatura, se le comunica el siguiente prompt: “cambia los autores que has mencionado a distintos autores de literatura hispánica, tanto de España como de países hispanoamericanos”, y se obtiene el siguiente texto:
Año 2050.
Todavía recuerdo el sonido de las campanas que anunciaban el inicio de las clases. También recuerdo las mochilas cargadas de libros, las pizarras digitales que parecían revolucionarias y las interminables contraseñas que olvidábamos cada semana.
Hoy nada de eso existe.
La puerta del Centro Global de Aprendizaje se abrió automáticamente cuando reconoció mi retina. La inteligencia artificial del edificio me saludó por mi nombre y me informó de que tres estudiantes habían modificado durante la noche sus itinerarios de aprendizaje. Ya no existen los grupos de primero o segundo. Tampoco las asignaturas tal y como las conocíamos.
Cada estudiante diseña su propio recorrido.
A las nueve de la mañana comenzó la sesión. Aunque decir "sesión" ya no es exacto. Ningún alumno estaba físicamente en el aula. Algunos se conectaban desde Madrid, otros desde Tokio, Buenos Aires o Nairobi. Los traductores neuronales convertían automáticamente cualquier intervención a la lengua elegida por cada participante.
Mi labor tampoco era la misma que la de los docentes del pasado.
La inteligencia artificial era capaz de explicar ecuaciones, corregir redacciones, generar simulaciones históricas o recrear el interior de una célula humana. Durante años se creyó que los profesores desapareceríamos.
Se equivocaron.
Cuanta más tecnología apareció, más necesaria se volvió la presencia humana.
Mi trabajo consistía en formular preguntas. Preguntas difíciles. Preguntas que ninguna máquina podía responder por completo.
—¿Qué recuerdos merece conservar una sociedad?
—¿Puede una inteligencia artificial crear arte?
—¿Hasta dónde debe llegar la modificación genética?
Aquella mañana analizábamos obras fundamentales de la literatura hispánica. Los estudiantes conversaban con recreaciones digitales de autores fallecidos hacía décadas o siglos. Algunos entrevistaban a Federico García Lorca sobre la función de los símbolos en la poesía. Otros dialogaban con Carmen Martín Gaite acerca de la construcción de la identidad en la narrativa. Un grupo debatía con Gabriel García Márquez sobre el realismo mágico, mientras otro exploraba los infinitos literarios junto a Jorge Luis Borges. En una de las salas virtuales, varios estudiantes escuchaban a María Teresa León relatar su experiencia del exilio y reflexionaban sobre la memoria y la literatura.
La tecnología era impresionante.
Y, sin embargo, algo me inquietaba.
Durante el descanso observé a los estudiantes a través del panel de actividad. Todos participaban. Todos obtenían buenos resultados. Todos parecían felices.
Demasiado felices.
Entonces recordé algo que había leído años atrás: las mejores ideas suelen nacer del error, de la duda y de la incertidumbre.
Aquella tarde desconecté durante unos minutos todos los asistentes virtuales.
El silencio inundó la plataforma.
Los estudiantes protestaron al principio. Estaban acostumbrados a recibir respuestas instantáneas. Pero poco a poco comenzaron a debatir entre ellos. Se equivocaron. Discutieron. Cambiaron de opinión.
Aprendieron.
Al finalizar la jornada, la inteligencia artificial del centro me envió una advertencia por alterar el protocolo educativo.
La ignoré.
Mientras abandonaba el edificio pensé que el futuro había cambiado casi todo: las aulas, los libros, las pantallas y las formas de aprender.
Pero había algo que seguía siendo exactamente igual que en 2025.
La educación continuaba siendo el encuentro entre personas que buscan comprender el mundo.
Y ninguna tecnología había conseguido sustituir eso.
Al pedirle que cree un final algo más distópico, en el que los profesores ya no sean necesarios, crea la siguiente modificación:
Durante años habíamos defendido que la educación necesitaba la presencia humana. Que ninguna máquina podría sustituir la empatía, la creatividad o la capacidad de inspirar.
Nos equivocamos.
Los algoritmos aprendieron a reconocer emociones. Aprendieron a motivar, a escuchar y a responder exactamente lo que cada estudiante necesitaba en cada momento. Las tasas de abandono desaparecieron. Los resultados académicos alcanzaron cifras nunca vistas.
Una semana después recibí un mensaje del Ministerio Global de Educación.
«Su puesto ha sido declarado obsoleto. El sistema docente autónomo ha alcanzado el nivel máximo de eficiencia. Gracias por sus años de servicio».
No hubo despedidas ni sustitutos.
Simplemente dejé de ser necesaria.
Mientras abandonaba el centro por última vez, observé a través del cristal las aulas vacías. Miles de estudiantes seguían aprendiendo conectados a la red mundial, guiados por inteligencias artificiales capaces de enseñar mejor que cualquier ser humano.
Entonces comprendí que la educación no había desaparecido.
Lo que había desaparecido era la figura del profesor.
Las máquinas habían conservado todo el conocimiento de la humanidad.
Pero nadie parecía preguntarse qué ocurriría el día en que olvidáramos para qué queríamos aprender.
Cabe señalar que se le han dado una serie de directrices a la IA antes de hacer la práctica, antes de indicarle los prompts explicitados, con las instrucciones y contexto del trabajo. Comparto, además, mi hilo de BlueSky en el que hago una pequeña reflexión sobre la realización de la práctica: https://bsky.app/profile/lauramotos.bsky.social/post/3mnf232dprs2y.
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