Práctica 13 - Ana Serralta

PRÁCTICA 13: RELATO EDUCACIÓN EN 2050


Escribir un relato sobre cómo será la educación en el año 2050 es una tarea complicada porque en nosotros se intuye algo de pesimismo. Cuando pedimos a la IA que lo haga, ya estamos anticipándonos a lo que va a pasar. Peor es todavía cuando la IA genera un texto en el que ya se imagina a sí misma como protagonista del sistema educativo en años no tan lejanos. Para realizar este relato, enviamos tres indicaciones o prompts (si es que nuestro vocabulario ya lo dice todo): dos para el relato y una para la generación de una imagen que represente lo descrito.

Primer prompt: “Eres una profesora en el año 2050. Escribe un relato que tenga tono literario y se centre en el día a día en un instituto de Benidorm”.

A las siete y media de la mañana, cuando el sol todavía no ha terminado de trepar por los rascacielos de Benidorm, el instituto ya respira. No es un edificio viejo, pero tampoco nuevo: es uno de esos centros que han ido adaptándose como pueden al paso del tiempo, con capas superpuestas de reformas, tecnologías y parches pedagógicos. Desde fuera, las paredes inteligentes reflejan el cielo con un brillo tenue; desde dentro, todavía se oye el eco de las mochilas al caer contra el suelo.

Entro como cada día con el café en la mano y la sensación de que, aunque todo haya cambiado, hay algo que permanece. Quizá es el murmullo previo a la primera clase, ese rumor de voces adolescentes que mezcla cansancio, urgencia y una alegría contenida. O quizá es la certeza de que, por mucho que nos empeñemos en automatizar la enseñanza, el aula sigue siendo un lugar profundamente humano.

Paso mi identificación por el panel de acceso. La puerta reconoce mi pulso térmico antes incluso de que la pantalla confirme mi nombre. “Buenos días, profesora”, dice una voz neutra. Nunca responde cuando le contesto. Aun así, yo siempre le digo “buenos días”, como si la costumbre pudiera devolverle algo de vida.

En la sala de profesores, las mesas ya no están cubiertas de papeles, sino de proyecciones flotantes. Los horarios cambian en tiempo real, adaptándose a ausencias, a estados emocionales detectados por los dispositivos del alumnado, a alertas meteorológicas que recomiendan reducir la carga cognitiva en días de calor extremo. Benidorm en 2050 sigue siendo luz, turismo y mar, pero también es humedad densa y temperaturas que obligan a cerrar las ventanas antes del mediodía.

—Hoy tienes el grupo 4ºC en primera —me dice Clara, sin levantar la vista de su pantalla—. Han tenido una mala noche. El sistema recomienda empezar con actividad reflexiva.

Asiento. El sistema recomienda muchas cosas, pero yo ya conozco a 4ºC. Sé quién habrá dormido mal por estudiar, quién por discutir con sus padres y quién por quedarse despierto viendo viejas series del año 2020 que ahora circulan como reliquias culturales.

Entro en el aula y las luces se ajustan automáticamente. Las paredes proyectan un paisaje marino suave, diseñado para reducir la ansiedad. Algunos alumnos ya están conectados; otros, todavía no han terminado de sincronizar sus dispositivos. Pero hay tres que siguen mirando por la ventana real, la que no proyecta nada: el Mediterráneo, al fondo, entre edificios.

—Guardad todo un momento —digo.

La orden tarda unos segundos en ejecutarse. Las pantallas se apagan, las interfaces se repliegan. Queda un silencio raro, casi antiguo.

—Hoy no vamos a empezar con lo que dice el programa —añado—. Quiero que escribáis cómo ha sido vuestro trayecto hasta aquí. Sin filtros, sin correcciones automáticas. Solo vosotros.

Algunos me miran con desconcierto. No están acostumbrados a escribir sin ayuda. Otros sonríen, como si acabara de proponerles un pequeño acto de rebeldía.

Mientras empiezan, paseo entre las mesas. Veo errores, tachones, frases a medio construir. Y, sin embargo, hay algo más verdadero en esas líneas torcidas que en muchos textos impecables generados en segundos.

Pienso entonces en todo lo que ha cambiado: en cómo evaluamos, en cómo enseñamos, en cómo aprendemos. Pero también pienso en lo que no ha cambiado nada. La necesidad de ser escuchado. El miedo a equivocarse. La alegría de entender algo por primera vez.

Cuando suena el aviso de final de sesión, las paredes vuelven a iluminarse y las pantallas reclaman atención. El sistema me sugiere recopilar los textos para analizarlos automáticamente. No lo hago.

—Guardadlos —les digo—. Ya veremos qué hacemos con ellos.

Salgo del aula con la sensación de haber desobedecido un poco. En el pasillo, el bullicio vuelve a crecer, igual que hace décadas. Alguien corre, alguien ríe, alguien se queja del calor.

Y mientras vuelvo a la sala de profesores, con el café ya frío entre las manos, pienso que quizá enseñar en 2050 consiste, sobre todo, en esto: en abrir pequeños espacios donde lo imperfecto siga teniendo lugar. Donde, a pesar de todo, todavía podamos reconocernos.

Segundo prompt: Entiendo las referencias a las nuevas tecnologías, pero creo que necesitan algo más de descripción y concreción. ¿Podrías reescribirlo con estos detalles?

A las siete y media de la mañana, cuando el sol empieza a rebotar en las fachadas de vidrio de Benidorm, el instituto se enciende como un organismo que despierta por capas. Primero, la cubierta fotovoltaica despliega sus láminas orientables; después, los sensores de calidad del aire abren los conductos superiores para ventilar con la brisa marina antes de que llegue el calor; por último, los pasillos proyectan una iluminación progresiva que simula el amanecer. No es un gesto estético: los estudios dicen que mejora la atención en la primera hora.

Cruzo la entrada y apoyo la muñeca en el lector biométrico. No es solo una identificación: el sistema recoge mi temperatura, mi nivel de fatiga estimado —a partir del ritmo cardíaco y el patrón de sueño sincronizado con mi dispositivo— y ajusta mi carga lectiva del día si detecta anomalías. En la pantalla aparece mi horario, pero no es fijo: se recalcula cada mañana en función de ausencias, necesidades del alumnado y alertas ambientales. Hoy hay aviso de calor a partir de las doce, así que las sesiones más exigentes se han desplazado a primera hora.

La sala de profesores parece un espacio limpio hasta que uno se acerca: sobre cada mesa flotan paneles holográficos con datos en tiempo real. No son simples horarios, sino mapas dinámicos del centro: índices de concentración por grupo, niveles de ruido en cada aula, incidencias emocionales detectadas por los dispositivos del alumnado. Clara desliza los dedos en el aire y amplía uno de esos mapas.

—Mira 4ºC —me dice—. Han tenido un pico de estrés anoche.

En la proyección aparecen pequeñas gráficas: horas de sueño interrumpido, aumento de actividad digital pasada la medianoche, mensajes marcados por el algoritmo como “conflictivos”. No leemos contenidos privados, al menos no nosotros; solo tendencias, indicadores.

—El sistema recomienda actividad de baja exigencia cognitiva y expresión emocional —añade.

Asiento, pero sé que esa recomendación es solo un punto de partida.

Camino hacia el aula. En el pasillo, unas franjas luminosas en el suelo guían los flujos de estudiantes para evitar aglomeraciones. Aun así, siempre hay alguien que se sale de la línea, que se detiene a hablar, que convierte el orden previsto en algo más caótico y, por eso mismo, más humano.

Al entrar, el aula se activa. Las paredes son superficies adaptativas: pueden convertirse en pizarras, en pantallas envolventes o en paneles acústicos según la actividad. Hoy muestran un paisaje marino de baja saturación, diseñado para estabilizar la atención. Las mesas, modulares, tienen integradas pantallas táctiles que reconocen la escritura manual y la convierten —si se quiere— en texto digital corregido.

—Buenos días —digo.

Algunos responden; otros levantan la vista un segundo y vuelven a lo suyo. Cada alumno lleva un dispositivo personal, casi siempre en forma de pulsera o lentilla aumentada, que proyecta información sobre la mesa o directamente en su campo visual. Desde mi consola —un panel discreto en la pared— puedo ver quién está conectado, quién no, y qué nivel de interacción mantiene con la tarea.

Hoy, antes de que empiece nada, el sistema me sugiere tres posibles secuencias didácticas basadas en los datos del grupo:

1. comentario guiado de texto con apoyo de IA,
2. debate estructurado con roles asignados automáticamente,
3. escritura reflexiva sin asistencia.

Las dos primeras optimizan resultados medibles. La tercera no.

—Cerrad las interfaces un momento —digo.

Tardan unos segundos. Las mesas se oscurecen, las proyecciones desaparecen, las lentillas se ponen en modo pasivo. El aula queda extrañamente desnuda.

—Hoy vamos a escribir a mano —añado.

Algunos arquean las cejas. Una alumna levanta la mano:

—¿Sin corrector?

—Sin corrector.

Activo el modo analógico de las mesas: de la superficie emerge una lámina fina, ligeramente rugosa, y un lápiz digital que no corrige ni sugiere, solo registra el trazo. Podría activar después la transcripción automática, pero no ahora.

—Quiero que escribáis cómo ha sido vuestro trayecto hasta aquí. Desde que os habéis levantado hasta que habéis entrado en clase.

Empiezan con dudas. Están acostumbrados a que una inteligencia artificial les proponga estructuras, sinónimos, mejoras. Aquí no hay nada de eso. Veo frases que se detienen, palabras repetidas, ideas que no terminan de encajar. Y, sin embargo, también veo algo que rara vez aparece en los textos perfectos: titubeo, búsqueda, una voz que intenta abrirse paso sin mediaciones.

Mientras escriben, consulto de reojo los indicadores del aula. Las gráficas de atención fluctúan, pero no caen. El nivel de estrés, curiosamente, desciende de forma lenta. El sistema no entiende muy bien por qué; yo creo que sí.

Me acerco a una mesa. Un chico ha escrito tres líneas y ha tachado dos. La mesa registra cada trazo, cada corrección, como si fuera un pequeño archivo de pensamiento en proceso.

—Déjalo —le digo—. No borres tanto.

Me mira, sorprendido.

—Pero está mal.

—Por eso.

Sigo caminando. Otra alumna ha escrito casi una página. No hay signos de puntuación claros, pero hay ritmo, imágenes: el ascensor que tarda demasiado, el reflejo del sol en los edificios, el sonido de una moto a lo lejos. Benidorm entra en el aula sin necesidad de proyectarse en las paredes.

Cuando suena el aviso de final de sesión —un pulso suave en las pulseras, una variación en la luz—, el sistema me pide autorización para recopilar los textos, analizarlos y generar informes de competencia escrita. Podría tenerlos en segundos: nivel léxico, coherencia, errores frecuentes, sugerencias de mejora.

No lo autorizo.

—Guardadlos —digo—. Los usaremos más adelante.

Las mesas vuelven a su superficie habitual. Las lentillas se reactivan. El aula recupera su capa digital, como si nada hubiera pasado.

Salgo al pasillo. Las franjas luminosas siguen marcando direcciones, pero los alumnos se cruzan, se detienen, se llaman. Un dron de mantenimiento pasa por el techo revisando los filtros de aire. En una esquina, una pantalla informa de la temperatura exterior y recomienda hidratarse cada treinta minutos.

Vuelvo a la sala de profesores. Clara levanta la vista.

—¿Has seguido la recomendación?

—Más o menos —respondo.

Miro los paneles flotantes, los datos que no dejan de actualizarse, las gráficas que intentan convertir el aprendizaje en algo completamente legible. Y pienso que, quizá, enseñar en 2050 no consiste en ignorar toda esta tecnología —sería absurdo—, sino en decidir cuándo apartarla.

Abrir, de vez en cuando, un espacio sin asistencia, sin optimización, sin respuesta inmediata.

Un espacio donde escribir “mal” siga siendo una forma de empezar a pensar.

Tercer prompt: Crea una imagen que represente al IES Mediterrània (donde me imagino trabajando) con las características que has dicho que tendrá, de la manera más realista o verosímil posible. Te envío una foto del instituto del que te hablo para que te bases en ella.

Imagen del IES Mediterrània en 2026


Imagen del IES Mediterrània en 2050 generada por ChatGPT



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